Por Bajiro | FORTALEZA
Una Conversación Que Se Necesitaba Tener
A veces las conversaciones más honestas comienzan con una observación simple. Al Felony, comediante puertorriqueño nacido en el Bronx, publicó un video notando algo que muchos habían sentido pero pocos habían dicho en voz alta: ya no se ven tantas familias puertorriqueñas completas en Nueva York como antes.
Esa observación fue suficiente para iniciar este diálogo.
Al Felony no es un sociólogo ni un historiador. Es un hijo del Bronx, criado en los suburbios, que ha pasado treinta años aprendiendo español a trancas y barrancas, que tiene hijos mitad pakistaní y mitad puertorriqueño, y que aun así siente en su pecho lo que significa ser boricua. Precisamente por eso, su perspectiva vale.
El Bronx Que Fue y el Bronx Que Es
Al Felony describe cómo toda su familia, generación tras generación, fue saliendo del Bronx y de Spanish Harlem hacia los suburbios. Y con esa dispersión vino algo más: ninguno de sus primos se casó con otro puertorriqueño. Ninguno.
“Tengo primos puertorriqueños-italianos, puertorriqueños-irlandeses, puertorriqueños-coreanos… de todo. La cultura se preserva un poco, pero no completamente.”
El español también se fue perdiendo. Sus padres, como muchos de esa generación, querían que sus hijos triunfaran en América, y asociaban el inglés con la oportunidad y el español con el obstáculo. Una decisión comprensible, dice Al Felony, pero que tuvo consecuencias que no supieron ver venir.
Para los años noventa y el cambio de siglo, la cultura puertorriqueña en Nueva York comenzó a transformarse. Los dominicanos llegaron en grandes números al Bronx, y los puertorriqueños siguieron dispersándose hacia otros estados. Hoy, Al Felony dice que cuando conoce a alguien que dice ser puertorriqueño en su área, casi siempre es mitad puertorriqueño.
El Orgullo Como Punto de Partida
A pesar de todo, Al Felony habla del orgullo puertorriqueño con afecto genuino, aunque también con humor. Bromea con que puedes calcular la edad de un puertorriqueño por cuánta ropa con la bandera lleva encima. El de ochenta y dos años lleva calcetines, pañuelo, gorra y camisa de la bandera. Todo.
Ese orgullo, dice Bajiro, no es accidental. Surgió precisamente como respuesta a la represión. Por décadas, ondear la bandera puertorriqueña fue ilegal. Y cuando le dijeron a nuestro pueblo que no era puertorriqueño sino americano, respondió exactamente como los puertorriqueños responden: con más bandera, más orgullo, más defensa de lo propio.
Pero el orgullo simbólico y la continuidad real son cosas distintas. Y esa distinción es el corazón de esta conversación.
Asimilación: ¿Forzada o Elegida?
Bajiro plantea la pregunta con cuidado: ¿fue forzada la asimilación, o fue una elección?
Al Felony es honesto. Para sus padres, no se sintió como algo impuesto a la fuerza. Salieron del Bronx porque querían algo mejor, más tranquilo, más seguro. Pero reconoce que quizás, indirectamente, el ambiente sí los empujó: la idea de que para tener éxito en América había que parecer más americano.
Bajiro añade la capa histórica. La Operación Serenidad, impulsada desde el gobierno en los años cuarenta y cincuenta, fue diseñada para remodelar la mente puertorriqueña: alejarla del orgullo por la herencia española, desacreditar la identidad jíbara, reemplazar lo auténtico con narrativas aprobadas desde afuera. No fue solo asimilación individual. Fue política pública.
Las Mujeres Puertorriqueñas y el Cambio en las Dinámicas Familiares
La conversación también toca un tema que muchos evitan: por qué las mujeres puertorriqueñas en la diáspora comenzaron a casarse fuera de la comunidad en mayor número.
Al Felony lo dice sin rodeos: en parte, porque muchos hombres puertorriqueños fallaron. La infidelidad, la irresponsabilidad, el abandono, la violencia doméstica. Él mismo conoce casos en su familia. Eso es real y no puede ignorarse.
Pero también reconoce otro factor. El feminismo, dice, fue en parte una respuesta legítima a esa toxicidad masculina. Las mujeres puertorriqueñas se volvieron más independientes, más educadas, con más opciones. Y junto a eso, la narrativa cultural cambió: el matrimonio y la maternidad dejaron de verse como el camino natural y comenzaron a presentarse como una trampa del patriarcado.
El resultado, observa Bajiro, es que hay generaciones de mujeres que no tendrán hijos. Lo que cada quien hace con su vida es su decisión, aclara. El problema es cuando esas decisiones individuales se convierten en narrativas colectivas que empujan hacia la desaparición de un pueblo.
Raza, Sangre y Lo Que Realmente Somos
Uno de los momentos más interesantes de la conversación surge cuando hablan sobre raza y color de piel.
Para Bajiro, el concepto de raza tal como se entiende en Estados Unidos es esencialmente ajeno a la forma de ser puertorriqueña. En Puerto Rico, dice, puedes tener hermanos que parecen de razas completamente distintas según los estándares americanos, y eso nunca fue un problema porque el color nunca fue el marcador de identidad. Lo que importa es la sangre, el apellido, la historia compartida.
Al Felony, criado en una cultura donde la categoría racial lo define todo, lo entiende y lo aprecia: “Puerto Rico le da mucho menos credibilidad a eso en general como pueblo.”
Lo que sí une a los puertorriqueños, argumenta Bajiro, es el linaje. Somos una población específica, mezclada desde el principio, con una historia que nadie más tiene y que nunca se repetirá. Nuestra mezcla de ancestros indígenas, españoles y africanos creó algo nuevo y concreto: nosotros.
La Presión de Cambiar Desde Afuera
Bajiro nombra algo que siente con fuerza: muchas veces, cuando puertorriqueños de la diáspora piden “unidad”, lo que realmente están pidiendo es que los de la isla adopten sus nuevas definiciones de lo que significa ser puertorriqueño.
“Eso es lo que me parece el problema. Porque yo estoy viendo mucho eso en línea. La gente está empujando en contra de esa reinterpretación de lo que somos y quiénes somos.”
No es hostilidad hacia la diáspora. Es resistencia a que se cambie la esencia desde afuera. Al Felony lo entiende. Tiene primos que crecieron entre la isla y Nueva York, y cuando estaban en la isla, no intentaban americanizar a los demás.
El problema surge cuando los de afuera quieren que los de adentro se adapten a lo que ellos se han convertido.
Lo Que Se Pierde Cuando Se Va la Familia
La conversación llega a un punto de profundidad real cuando Bajiro habla de Boa Sr., la última hablante de su lengua indígena. Su tribu desapareció. Su idioma, preservado apenas en un libro, es todo lo que queda.
“¿Qué vale la cultura sin las personas que la crearon?”
Al Felony lo entiende. Dice que personas como Bajiro son necesarias, precisamente porque la complacencia es lo que permite que estas cosas ocurran sin que nadie lo note hasta que ya es demasiado tarde.
La metáfora que usa Bajiro es la de un barco que se hunde medio centímetro por hora. Nadie lo nota mirando el nivel del agua. Pero se está hundiendo.
O la del navegante en el ejército: si estás un grado fuera de curso, en distancias cortas no importa. Pero si viajas lejos, ese grado te deja a kilómetros de tu destino.
Un Mensaje a Través del Tiempo
Al final de la conversación, Bajiro hace la pregunta que también cierra su artículo sobre la identidad taína: si dentro de 500 años un niño puertorriqueño encontrara este momento, ¿qué mensaje le dejarías?
Al Felony responde sin dudar:
“Oye hermano, eres puertorriqueño. Sé orgulloso. Somos el pueblo más divertido, apasionado, amoroso y también más chistoso e inteligente. Y si no sabes nada de nosotros, lo vas a sentir en el corazón. Confía en lo que sientas. Así es como siempre nos hemos sentido.”
Lo Que Esta Conversación Nos Deja
Esta no fue una conversación de activistas ni de académicos. Fue una conversación entre dos hombres puertorriqueños que ven lo mismo desde ángulos distintos y llegan a un lugar de respeto mutuo.
Al Felony no vive con la misma urgencia que Bajiro. Lo admite. Sus hijos son mitad pakistaní. Aprendió español a los treinta años, y todavía no domina el idioma. Pero ama lo que es, busca transmitirlo, y no ve ningún problema en quienes quieren preservarlo con más fuerza que él.
Eso, de por sí, ya es algo.
El mundo se globaliza. Las familias se mezclan. Las culturas se transforman. Nada de eso es nuevo ni necesariamente malo. Pero hay una diferencia entre la evolución orgánica de un pueblo y su reemplazo.
La cultura puede cambiar y volver. Las leyes cambian. Las costumbres cambian. Pero cuando una familia desaparece, cuando una línea de sangre se rompe, no hay marcha atrás.
Por eso vale la pena tener esta conversación. Aunque incomode. Aunque genere críticas. Porque el silencio, a diferencia del debate, solo tiene un resultado.
Esta conversación fue grabada como parte del podcast FORTALEZA. Al Felony es comediante puertorriqueño radicado en Nueva York.
